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Pero mi caja de pesca no es una caja cualquiera. Cuando yo tenía ocho o nueve años, mi mamá me acompañó a una casa de pesca que había en aquellos tiempos; con su exclusivo aporte económico compramos unos anzuelitos sin idea para qué peces servirían, unas boyas que en realidad nos gustaron sólo por el color y otras cosas que ya no recuerdo. Para llevar todo eso compramos una caja de pesca... estaba pintada a fuego, con pintura martelada de color azul claro, medio verdosa según cómo le daba la luz.
Al llegar a casa la escondimos. Dos días después mi mamá me despertó más temprano que de costumbre y mientras ella iba a preparar el desayuno yo, abrazado al paquete, corrí hasta el dormitorio y prácticamente me zambullí sobre mi padre gritando "Feliz cumpleaños papi", mientras le ofrecía el regalo. Creo que ese fue uno de los regalos más inesperados que pudo recibir mi viejo y, según vi después, uno de los más queridos.
Ese mismo día se pasó la tarde acomodando las cosas de pesca que tenía acomodadas en un cajón, dentro de su flamante caja. Para mí ahora la caja se había convertido en una especie de cofre del tesoro, más cuando me enteré de que mis líneas mojarreras también estaban ahí.
Nunca se lo dije, y no sé si él se dio cuenta, pero yo reventaba de orgullo al ver mis líneas junto a las de él, porque para mí era el mejor pescador del mundo y yo, su compañero de pesca.

Mi Caja de Pesca

En tiempos como el presente, en que la oferta de elementos de pesca es tan abundante y variada que un mismo producto, cualquiera sea este, se ofrece en múltiples versiones que van desde la más lujosa hasta la más modesta al alcance de cualquier bolsillo, por ejemplo las cajas de pesca. Por eso, a quienes alguna vez han compartido una salida conmigo puede haberles llamado la atención mi caja de pesca, que parece no llevarse de acuerdo con el resto del equipo.
De chapa, con una sola bandeja, una sola bisagra, ruidosa a la hora de abrirla, con más de diez lijadas y cambios de color, porque es viejita, la pobre... muy viejita; ya cumplió cuarenta y siete años.

por Ricardo Voarino (Ricky)

Fuimos muchas veces a pescar juntos hasta que un mal día, mi viejo, se fue a pescar estrellas a las lagunas que Dios tiene preparadas para hombres como él, y entonces la pesca dejó de interesarme porque ya no tenía mi compañero de pesca.
Pasaron muchos años hasta que unos compañeros de trabajo me entusiasmaron con la idea de ir a pescar. Pensando más en el asado que en la pesca, compré una caña de bambú, un reel escualo y dos o tres líneas. 

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Revolviendo en el galpón encontré arrumbada en un armario la ya totalmente olvidada caja de pesca. En su interior todavía quedaba buena parte de las cosas que habíamos usado... el nylon se quebraba, las boyas con la pintura cuarteada y los anzuelos eran sólo alambres carcomidos, pero a pesar de eso pude sentir que cada una de esas piezas aún seguían atesorando el recuerdo de todo lo que habíamos compartido pescando.
Entonces me di cuenta de que, con el mismo cariño y entusiasmo con que yo se la había llevado hasta la cama, en ese día era él quien me estaba obsequiando su caja para que supiera que a partir de ese momento cada vez que yo fuera a pescar, él compartiría conmigo mis salidas. Ahora mis amigos ya saben por qué uso esa caja tan vieja y... si son buenos pescadores sabrán entender.

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